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lunes, 2 de abril de 2018

HOUSSEMAN, EL HOMBRE DE LA FINTA CORTA Y DE LA MANO GRANDE


Como a tantas mujeres y hombres de su generación, René Orlando Housseman se había visto obligado a abandonar su ciudad natal de La Banda, en la provincia de Santiago del Estero donde había nacido hace 64 años, un 19 de julio de 1953. De origen humilde, al llegar a Buenos Aires se instalaría junto a su familia en la villa miseria que por aquella época existía al interior de los límites del sector bajo del barrio de Belgrano, que se hiciera célebre por la existencia de numerosas pesebreras, aprovechando la relativa cercanía del Hipódromo de Palermo. Fue sobre las improvisadas canchas instaladas al conjuro de sendos terrenos baldíos, donde “El Hueso” o “El Loco”, tal como ya lo apodaban a causa de su esmirriado físico, deslumbraba por su habilidad innata con la pelota de fútbol y una increíble sencillez con destellos de pícara inocencia, que lo llevaron a no renegar jamás de sus orígenes ni separarse de la gente con la cual creció. Dueño de una extraordinaria gambeta, rápido, astuto y superdotado del manejo de ambas piernas con igual destreza, debutó en el Club Atlético Excursionistas donde al carecer de mayores oportunidades de desarrollar una carrera futbolística, debió emigrar a jugar a su archirrival, el Club Atlético Defensores del Belgrano, marcando 16 goles en apenas 38 encuentros durante la temporada 1971 – 1972. Para entonces, el gran César Luis Menotti había fijado sus ojos en este muchacho de sólo 1,65 metros de altura, de apariencia frágil y piernas largas de gacela, quien se había inventado la “mentira piadosa” de la piel delicada, a fin de que la AFA le otorgara un permiso especial para jugar con las medias hasta los tobillos. Corría 1973 y a fuerza de “locuras”, increíbles genialidades recordando las virtudes de jugadores de otra generación, Housseman se ganó eternamente el corazón de la parcialidad del Club Atlético Huracán. Lo cierto es que por su impronta, sumada a las de sus compañeros de delantera, Miguel Ángel Brindisi y el habilidoso Oscar “El Negro” Ortiz; la exquisita capacidad distributiva de “El Inglés”, Carlitos Babington, junto a Omar Larrosa en zona de volantes, la solidez del lateral izquierdo, Jorge Carrascosa y la seguridad del “Pichín” Roganti debajo de los tres palos, entre otros grandes, “El Globo” de Parque de los Patricios obtendría el único título de su historia, sin olvidar el subcampeonato detrás de Boca Juniors obtenido dos años después y el derecho del equipo a base de éxitos, ganado para disputar la Copa Libertadores de América. La entidad “quemera” pretendió compensar sus proezas deportivas, obsequiándole una casa, pero no pudo ser. El amor de Housseman hacia las personas con las cuales se había criado, el arraigo a la villa que anidó los primeros sueños de empujar la de doce gajos, lo motivó a devolverla para retornar al hogar del que no pudo irse nunca, ni aún en el auge de su enorme talento y popularidad. Esa humildad tan natural como sus aptitudes deportivas, eran motivos de travesuras al estilo de los nunca del todo comprobados escapes de las concentraciones, de los incontables cigarrillos fumados en la intimidad de los bancos de suplentes, de los entretiempos, pero también de la actitud altruista de simular lesionarse, a fin de facilitar el ingreso de algún compañero al campo de juego para que pueda cobrar o la solidaridad de desconocer el egoísmo, compartiendo la fortuna obtenida por el talento a manos grandes entre los suyos. En cierta oportunidad, le preguntaron a “El Loco” las razones de no haberse “sabido administrar”, de “dilapidar” las ganancias con tamaño desenfado, sin pensar en el futuro o cuando ya los años le “pasaran la fortuna”, lejos de la gloria del pasado. La respuesta de quien fuera el último wing del fútbol argentino, no sorprendió tanto como sí emocionó, haciendo sobrar las palabras: “Si yo gano dinero; ¿cuánto más podría disfrutarlo que gastándolo entre los míos?” Así era el ser humano, René Orlando Housseman. Capaz de hablar de forma algo desenfadada, pocas palabras carentes de falso orgullo, lleno de altivez o titubeando como si tratara de pedir disculpas, de forma rápida y cerrada, igual a esas gambetas impresionantes que lo llevaron en 1977 a convertirle un gol completamente borracho al mejor guardameta del mundo, Ubaldo Matildo Fillol, durante el partido entre Huracán y River Plate igualado 1 a 1 en el estadio Tomás Adolfo Ducó. Para la anécdota quedaron los descomunales termos llenos de café fuerte, tomados a los defectos de poder ser titular, superando los abusos de una noche interminable las incontables duchas heladas, la siesta de una hora previa al encuentro y para “variar”, fingir la “acostumbrada” lesión, pero esta vez en el desesperado anhelo de irse a dormir “la mona” a la casa. Antes de despedirse de su amado club de “La Quema”, le llegaría su primera convocatoria con la Selección Argentina, previo a la disputa del mundial de Alemania de 1974. De la discreta performance del conjunto, quedó para la posteridad el primero de sus tres tantos en dicho certamen, el tremendo golazo “a la Huracán” que le hizo a Italia, batiendo al enorme Dino Zoff, luego de recibir un increíble pase de su compañero, Carlos Babington. Cuatro años después, le tocaría participar de una cita mundialista más. “El Flaco” César Luis Menotti, ahora encargado de la conducción técnica, volvería a tenerlo en cuenta para el campeonato a disputarse en la Argentina, donde fue autor de uno de los seis goles a Perú en el “Gigante de Arroyito”, partido que despertaría toda clase de susceptibilidades por las circunstancias de la clasificación a la final ante Holanda. Una vez más, en defensa de sus compañeros, de los méritos legítimos en la obtención de la copa del mundo, “El Loco” fue tajante a la hora de responder a sinceros interrogantes y preguntas malintencionadas o suspicaces. “Si hubo plata, se la quedó la Junta Militar. Ni yo y que yo sepa mis compañeros, ninguno de nosotros vio un sólo peso”, enfatizó sin dejar lugar a mayores especulaciones. Por aquellos días, volvió a la villa de sus inicios y para sorpresa suya, no encontró ni una de las casillas en pie. Más por evitar una mala imagen a los turistas llegados con motivo del mundial que por embellecer Buenos Aires, la dictadura decidió el arrasamiento de las viviendas emergentes de todos los sectores de la capital argentina y sus alrededores. La etapa de mayor éxito de su vida había quedado atrás. En 1980, tras alcanzar la envidiable cifra de 109 goles a lo largo de 277 compromisos, dejaría Huracán para recalar en el River Plate de Fillol, Ramón Díaz, Alonso, Juan José López, Passarella, Merlo, del recién adquirido Mario Alberto Kempes, aunque los triunfos no volverían a repetirse. El único gol de este período, fue uno de los cuatro del “Millonario” a Colón en el Monumental. Fuera de las canchas, protagonizaría un muy comentado incidente en la confitería “Halot”, ubicada en la intersección de las calles Republiquetas -hoy, Crisólogo Larralde- y la Avenida del Libertador del barrio de Núñez. Una mujer de turbia reputación lo acusaría de violarla y de haberla agredido, luego retirarse del lugar. El show mediático, en el cual la presunta víctima les dijo a algunos medios que el jugador le había apagado cigarrillos en el cuerpo, marcó el ocaso de una carrera deportiva hasta entonces en ascenso. Luego de consagrarse campeón casi sin jugar, River Plate lo devolvió al Huracán de sus amores. Tras dos años de discretas campañas con el “Globito”, pasó primero a Colo de Chile, en 1982. Al año siguiente, llegó al ignoto Amala Zulu Futbol Club del futbol sudafricano. Con treinta años, ante la impotencia de adaptarse al veloz estilo de juego del “continente negro”, decidió “pegar la vuelta”. Sin embargo, con más gloria y nombre que riqueza o resultados positivos en la calidad de su juego, tuvo tiempo para integrar el plantel del Club Atlético Independiente, a la postre campeón de la Libertadores de América y la Copa Intercontinental. Fue su última gran consagración. El retiro lo sorprendería en Excursionistas, otra de sus grandes pasiones, cuando a grito herido la hinchada reclamó su ingreso al terreno, que tuvo lugar faltando apenas veinte minutos en medio de una verdadera ovación pocas veces vista. Era 1985. El final, un hecho consumado o en palabras del propio “Loco”, “dejé de jugar al fútbol, porque ya no me daba más el físico”. Pasarían cinco años más para que el inmenso René Orlando Housseman pueda dejar atrás el vicio del alcohol. No así el cigarrillo, ni las dificultades económicas derivadas según algunos por la escasa previsión, pero de acuerdo con la opinión de muchos más, de haber sabido extender la mano hacia su gente, con la cual había transcurrido la mayor parte de la vida. Quizás también, en agradecimiento por haber compartido algo junto a quienes tampoco era capaz de dejar atrás, como a las fintas cortas antes del pase preciso y el desborde del gol, previo un quiebre de cintura hacia adentro o afuera. Veinte años después, se le rindió un encuentro para homenajearlo, disputado entre viejas glorias de Huracán y del futbol argentino, luego del cual fue elevado en andas como un sempiterno dios olímpico para añadirle al baño del sudor, el del reconocimiento de los cuatro puntos cardinales del Ducó, junto al de la gloria que en injusta proporción trocó por el privilegio de celebrar al lado de familiares y amigos. Con las nieves gardelianas del tiempo, el haber vacío y el debe de la afición colmado de elogios, el Club Atlético Huracán lo declaró el “mejor jugador del siglo”, aún por encima de un grande como el legendario Hermindo Masantonio o figuras de la talla del celebérrimo boxeador formado en la entidad, Oscar Natalio “Ringo” Bonavena, asignándole una prima que le ayudó a sortear sus últimos años. “Menottista” a muerte, respetuoso, aunque detractor de Carlos Salvador Bilardo, a quien acusaba de “haber asesinado al wing” en cuanto a su estilo de fútbol, distanciado a raíz de algunas declaraciones de su amigo, Diego Armando Maradona, ese cuerpo con el cual había hecho tantos malabares y del que había abusado hasta el límite, decidió darle “el vuelto”. Ese enemigo rapaz y despiadado llamado cáncer, escondido en su lengua desde hacía alrededor de un año, iría minándole las fuerzas hasta que varios días después de la partida de otro campeón mundial de 1978, el cordobés Rubén Galván, el inexorable desenlace llamó a su puerta el pasado 22 de marzo, sumiendo al mundo del futbol en una gran conmoción por la pérdida de uno de los futbolistas más extraordinarios de todas las épocas. Queda el posible consuelo de observar a las nuevas generaciones, mayoritariamente sumidas en el desinterés por valorar los sucesos de importancia y sus grandes protagonistas, aprovechen quizás tardíamente antes que nunca esta trágica oportunidad para tomar conciencia del legado y la grandeza del gigantesco René Orlando Housseman. Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI

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